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Los linajes y los bandos: el cáncer en las artes marciales, el refugio de pequeños instructores con complejo de maestros

 

Los linajes y los bandos: el cáncer en las artes marciales, el refugio de pequeños instructores con complejo de maestros

José Manuel Bezanilla

 




Introducción

En el mundo de las artes marciales tradicionales, los linajes y bandos sectarios han surgido como un verdadero cáncer que erosiona la esencia de estas disciplinas; con frecuencia, instructores se proclaman “maestros” sin haber logrado la comprensión profunda del arte que ostentan, estas personas se refugian tras la autoridad de un linaje o de un título rimbombante, replicando estilos y divisiones de forma dogmática y acrítica. El resultado es sectarismo, dogmatismo y rencillas internas que van en contra del espíritu marcial original; este trabajo ofrece una crítica fundamentada a este fenómeno, contrastándolo con la mirada clásica de las artes marciales, analizando el caso concreto del Nippon Kempo en México, para finalmente proponer una visión que permita superar esto, donde el arte marcial se conciba no como una doctrina o posesión de alguien, sino como un camino de vida dinámico de desarrollo, estudio y transformación continua.

Filosofía clásica y virtudes marciales vs. sectarismo


La tradición marcial clásica, tanto japonesa como china, enfatiza la humildad, la disciplina y el mejoramiento continuo del practicante, en contraste con la arrogancia de los falsos maestros contemporáneos, textos como el Hagakure de Yamamoto Tsunetomo, elogian la modestia y el ocultamiento del propio ego; en un pasaje fundamental, Hagakure describe que el verdadero samurái de nivel superior “jamás hace gala de su habilidad, finge ignorancia e incompetencia. Y más aún: respeta la habilidad de los otros”, es decir, el guerrero ejemplar oculta su destreza tras la modestia y valora el talento ajeno, actitud diametralmente opuesta a la del instructor sectario que se cree superior a todos y más aún que se oculta tras la imagen o nombre de un maestro ausente o que ya falleció.


También, el Hagakure advierte sobre la ligereza con que se critica a otros: “La mayoría de las personas imagina que es por gentileza que dicen a los otros lo que no desean oír y, si sus críticas son mal acogidas, piensan que los otros son incurables. Tal manera de pensar no es razonable… [A menudo] no es más que una mala manera de sacar lo que nos pesa en el corazón”. La crítica impulsiva y pública, lejos de ser constructiva, suele reflejar las frustraciones personales de quien la emite, esta enseñanza tradicional resalta la importancia de la cortesía y el tacto, ya que solo tras ganarse la confianza y amistad de alguien se debe ofrecer una corrección, y siempre con respeto; claramente, desacreditar a otros maestros en público –como hacen algunos “senseis” modernos– contraviene la etiqueta y honor tradicional, especialmente si se practica algún estilo relacionado con el Budo.


El código de honor samurái, o Bushidō, se edificó sobre virtudes profundas como la rectitud (義 gi), el coraje (勇 ), la benevolencia (仁 jin), el respeto (礼 rei), la sinceridad (誠 makoto, entendida como honestidad), el honor (名誉 meiyō) y la lealtad (忠義 chūgi); todas estas virtudes se vinculan con la humildad y el servicio, no con la ostentación del ego; por ejemplo, Bushidō: The Soul of Japan de Nitobe (1905) destaca la lealtad y humildad como pilares del comportamiento del samurái, enfatizando que el verdadero guerrero es ante todo un servidor y que “honor por encima de la vida” implica evitar la deshonra aun a costa de uno mismo; un maestro auténtico, bajo estas virtudes, nunca buscaría su propia gloria a expensas de dividir a la comunidad, pues la deslealtad y la falta de respeto serían imperdonables.


También en la tradición Zen/Chan del budismo encontramos un rechazo al dogmatismo y la superficialidad, el Sutra de la Plataforma del sexto patriarca Hui Neng (s. VIII) revolucionó el Chan proclamando la necesidad de una práctica directa “sin apego a escrituras ni rituales”, privilegiando la experiencia interior sobre la forma externa, su mensaje central fue claro: “la iluminación no está en templos ni escrituras, sino en reconocer la naturaleza despierta [propia] que nunca ha estado ausente”; trasladado al ámbito marcial, esto sugiere que la esencia de un arte no reside en la adherencia ciega a un linaje, nombre o kata, sino en la comprensión viva de sus principios; el Budismo Zen valora la no-mente (無心 mushin) y el desapego, enseñando máximas como “no morar en ninguna parte y [así] hacer surgir la mente pura”; este desapego implica no aferrarse dogmáticamente a un estilo o “escuela” como si fuera la única verdad.


Miyamoto Musashi, en el Dokkōdō cuestionó la arrogancia y la cerrazón mental, uno de sus preceptos reza: “Piensa ligeramente sobre ti mismo y [profundamente] sobre el mundo”, instando a no tomarse a sí mismo demasiado en serio ni caer en el egocentrismo; otro principio dicta “no actúes siguiendo creencias habituales”, que puede interpretarse como una invitación a volverse esclavo ciego de la tradición o la costumbre, sino a mantener la mente fresca y adaptable; Musashi, entendía que la efectividad marcial dependía de la adaptabilidad, flexibilidad,  y de vaciar la mente de prejuicios. Su vida fue testimonio de aprender de diversas fuentes en lugar de entramparse en un dogma único; esta filosofía de mente abierta conecta profundamente con la actitud de 初心 (shoshin, “mente de principiante”) del Zen: siempre dispuesto a aprender, sin importar el nivel alcanzado.


    “Maestros” sin maestría: Linajes, dogmas y ego

A pesar de las enseñanzas ancestrales, en la realidad contemporánea abunda el fenómeno de “pequeños instructores con complejo de maestros”. Son individuos que, tras alcanzar quizás un nivel intermedio, se autoproclaman herederos o grandes maestros de un estilo, buscando legitimidad en certificados, títulos o la asociación a cierto linaje, en vez de en su verdadera realización marcial; especialmente porque una práctica seria requiere conocer la historia y filosofía del arte para “no caer en las garras de quienes se nombran como ‘herederos’, ‘representantes’ o ‘grandes maestros’”. Una investigación sobre Wing Chun documenta cómo cada linaje suele construir un mito de origen que sus líderes presentan como la verdad única, lo cual alimenta narrativas sectarias; sin un conocimiento crítico, muchos alumnos terminan creyendo ciegamente estas historias y rindiendo culto a supuestos “legatarios” del arte, en lugar de evaluar la competencia real o la profundidad de los conocimientos de dichos instructores.


Un aspecto preocupante de este fenómeno es el dogmatismo y la cerrazón mental que lo acompañan, paradójicamente, quienes más pregonan la pureza de su linaje caen en una trampa de ego y estancamiento; muchos de estos paladines de un estilo determinado “han caído en aquello que critican; son dogmáticos y autárquicos, no escuchan y asumen que su verdad es la única, descalificando (a veces sin investigar) las trayectorias y experiencias de los otros”. Esta descripción encaja con el instructor sectario típico: intransigente, sordo a otras perspectivas y presto a menospreciar cualquier enfoque que difiera del suyo, tal actitud no solo revela falta de humildad, sino también ignorancia marcial, ya que ignora que toda arte marcial es el resultado de aportes de múltiples maestros a través del tiempo, no propiedad exclusiva de un individuo o clan. La investigación histórica muestra, por ejemplo, que en sistemas como Wing Chun es una falacia creer en la pureza lineal del linaje, pues desde sus orígenes muchos practicantes entrenaron con más de un maestro y las transmisiones no fueron directas ni “puras”, aun así, ciertos instructores insisten en promover una idea casi sectaria de poseer la “verdadera” versión de un arte, negando validez a las demás.


El efecto nocivo de estos egos inflados es múltiple, por un lado, generan división y sectarismo: escuelas del mismo arte dejan de colaborar, se cierran sobre sus miembros y a veces rivalizan abiertamente, es ilustrativo el caso de Wing Chun, arte marcial chino cuyas distintas ramas a menudo han estado envueltas en disputas de legitimidad, tras la muerte del legendario maestro Ip Man (1972), sus discípulos se fragmentaron en múltiples linajes, cada uno reclamando ser el continuador más fiel, se han documentado casos en que instructores de Wing Chun de una rama desprestigian públicamente a los de otra, llegando incluso a desafíos físicos – todo por demostrar quién poseía el “verdadero” estilo. Como apunta Ritchie (1997) y otros historiadores, “cada linaje o rama … tiene su propio mito de creación”, pero todos comparten elementos fundamentales, perder de vista esa raíz común ha llevado a un sectarismo miope donde se exageran diferencias menores y se olvida que el enemigo real está fuera, no dentro. Este fenómeno no es exclusivo del Wing Chun; se repite en muchas artes marciales tradicionales donde los “bandos” creados por los colonizadores, importan más que la hermandad marcial.


Otro efecto es la degradación de la enseñanza, cuando un instructor mediocre se erige como “sensei”, suele frenar el crecimiento técnico de sus alumnos, ya que no admite críticas ni enriquecimiento externo, al no actualizarse ni reconocer otras aproximaciones, su enseñanza se vuelve dogmática y a veces obsoleta, algunos incluso prohíben a sus estudiantes entrenar en otras escuelas o participar en seminarios abiertos, pues temen perder autoridad, lo que contrasta con la actitud de los grandes maestros históricos, quienes a menudo buscaron aprender de otras fuentes; por ejemplo, Gichin Funakoshi invitó intercambio entre estilos, y Bruce Lee criticó el estancamiento de las “formas clásicas” proponiendo un concepto de arte marcial libre de límites, diciendo, “la rigidez es el camino de la muerte, la fluidez es el camino de la vida” – una metáfora que bien se aplica a las escuelas dogmáticas frente a las evolutivas.


La conducta de estos falsos “maestros” erosiona la ética y el espíritu del Budo, al fomentar la idolatría y la discordia, traicionan principios básicos como la lealtad, la modestia y el respeto, ya que el culto, las alabanzas y adulaciones “son engañosas, el canto de las sirenas puede perdernos en el camino”; es decir, creer el propio hype conduce a la perdición del practicante, que deja de aprender y cae en la vanidad; la tradición Zen tiene una frase contundente: “Si encuentras al Buda, mata al Buda”, indicando que uno no debe aferrarse ni siquiera a las figuras más sagradas, cuanto menos a un instructor humano falible; en cambio, la verdadera vía marcial exige vaciar la taza del ego para llenarla de conocimiento; en términos de Confucio, “el hombre verdaderamente sabio es consciente de su propia ignorancia”. Un maestro auténtico, por tanto, duda de sí mismo más que nadie, manteniendo siempre la actitud de estudiante.


El caso del Nippon Kempo en México: Legado y divisiones

Un ejemplo actual y doloroso de los efectos de este “cáncer” sectario se encuentra en la comunidad del Nippon Kempo en México. El Nippon Kempo –un arte de combate japonés fundado en 1932, caracterizado por el uso de armadura (bōgu) y técnicas de golpeo y proyección– fue introducido en México a inicios de la década de 1970; en 1971, la Asociación Japonesa de Nippon Kempo seleccionó a cuatro instructores destacados para difundir la disciplina en México: Tsunanori Sakakura (4º Dan), Masamitsu Tomiyasu (4º Dan), Sadaki Nizuma (4º Dan) y Toshinori Saito (2º Dan); de ellos, el Shihan Tsunanori Sakakura Koike (1948–2016) se convirtió en el pilar fundamental para el desarrollo del Nippon Kempo mexicano; Sakakura se estableció en el país, entrenó a generaciones de practicantes y fundó la organización Renmei México, logrando sembrar el arte en varias regiones; sus colegas Tomiyasu y Nizuma eventualmente regresaron a Japón, por lo que Sakakura quedó como la figura central de la disciplina por décadas.


Bajo la guía de los Maestros Sakakura y Hayashi, México contó durante décadas con un núcleo de práctica que sostuvo el prestigio del Nippon Kempo y modeló una ética de Camino, él mismo Sakakura dijo que su objetivo era “conmover a los mexicanos” para que vivieran en el arte “la diversidad de sus técnicas” y lo amaran, subrayando justamente la diversidad como antídoto contra la visión estrecha y la idolatría técnica, esa orientación no surge en el vacío; diversas cronologías internas sitúan desde muy temprano la relación formativa y organizativa entre los Maestros Sakakura y Hayashi; con el crecimiento del grupo y la necesidad de ordenar la expansión, hacia 1991 el maestro Hayashi comenzó a coordinar a una parte del grupo de Nippon Kempo mexicano para fortalecer la estructura y el trabajo técnico, mismo que no estuvo exento de diferencias y discusiones. A partir de ahí, y en la década de 1990, el desarrollo institucional tomó un rumbo que culminó en la separación formal del Maestro Hayashi respecto del Maestro Sakakura y en la creación de la Federación Mexicana de Nippon Kempo; este episodio quedó atravesado por lógicas de representación y afiliación internacional, y registra que ese reordenamiento fue un parteaguas cuya lectura varía por “bando”; éste es el punto histórico donde el “linaje” empieza a mutar en tribu/clan, un hecho organizativo —con múltiples testigos y versiones— se convierte, en manos de instructores con complejo de “maestros”, en arma para dividir, descalificar seminarios, y sustituir el honor por la soberbia, cuando eso ocurre, el legado de los Maestros es el primero en ser humillado por quienes dicen defenderlos.


Lamentablemente, tras el fallecimiento de Shihan Sakakura en 2016, la comunidad de Nippon Kempo en México profundizó su fractura por divisiones y posturas deshonrosas de algunos “senseis”, en vez de honrar el estilo, favorecieron el surgimiento de bandos, disputándose la “autoridad” sobre el arte, muchos proclaman ser el heredero legítimo del linaje “Sakakura”; hoy existen al menos cuatro organizaciones rivales de Nippon Kempo mexicano, con “maestros” que no cooperan entre sí e incluso se atacan públicamente; se trata precisamente de “pequeños instructores con complejo de maestros” que, aprovechando el duelo dejado por la figura del Maestro Sakakura, buscan consolidar su poder personal a costa de la fraternidad marcial.


El caso llegó al colmo de la deshonra en un incidente que ocurrió durante un seminario técnico de Nippon Kempo donde uno de los instructores que fue más o menos buen competidor, diciendo a sus estudiantes esto no lo hagan así, ustedes hacen el Nippon Kempo Sakakura; esta frase –“el Nippon Kempo Sakakura”– pretendía invalidar lo mostrado en el seminario alegando que su manera era diferente; en esencia, el instructor descalificó al Maestro y se atrincheró en su linaje, implicando que cualquier técnica o ajuste que no proviniera de su grupo era incorrecto.


Las implicaciones de este incidente son graves desde varias perspectivas, primero, evidencia una absoluta falta de humildad y respeto; en la etiqueta tradicional japonesa, interrumpir y corregir públicamente a otro maestro y especialmente con mayor antigüedad y experiencia, es un acto inconcebible de descortesía (burakumin marcial), es deshonrar la casa que te acoge y, peor, deshonrar la memoria de tu Maestro, cuyo nombre fue usado como escudo para la arrogancia; cabe preguntar: ¿qué pensaría el difunto Shihan Sakakura de que se utilice su legado para fomentar la división y el desprecio hacia otros maestros?, ya que ese hecho mancha su nombre: presentarlo como pretexto para “no aprender algo nuevo” contradice su filosofía de abrazar la diversidad técnica, ya que como dije arriba, El Maestro Sakakura quería que sus alumnos exploraran todas las facetas del arte; decir “eso no lo hagan, hacemos la versión de Sakakura” refleja una visión pobre y estática de un arte marcial rico y dinámico.


Segundo, la actitud de este instructor muestra ignorancia marcial, pretender que existe un “Nippon Kempo de Sakakura”, es desconocer que incluso Él evolucionó su enseñanza a lo largo del tiempo; los grandes maestros no cristalizan sus artes; por el contrario, las adaptan y enriquecen continuamente; si hoy viviera, el Shihan Sakakura seguramente seguiría ajustando técnicas y aprendiendo de otros; afirmar que “lo de Sakakura” está grabado en piedra es congelar el arte en 2016, lo cual es absurdo y anticientífico; las artes de combate, por naturaleza, deben innovar y probarse constantemente –principio evidente en el Nippon Kempo, cuyo entrenamiento con contacto pleno exige eficacia real, de ahí que un instructor que se rehúsa a siquiera considerar una variación técnica distinta demuestra miedo a la contrastación; tal rigidez mental pone en entredicho su propia competencia, especialmente porque con la globalización de las artes marciales es inevitable que un estilo sea “revisado, comparado y confrontado contra otros estilos de combate… y es ahí donde surgen señalamientos y críticas que merecen ser escuchadas y reflexionadas a la luz de la evolución de los tiempos y las tecnologías de combate”, en lugar de adoptar esta actitud abierta, el instructor en cuestión se cerró, eligiendo la comodidad dogmática sobre el aprendizaje –lo cual, tarde o temprano, repercute en su nivel técnico y el de sus alumnos.


Tercero, este hecho aportó a la construcción de un ambiente sectario y tóxico en la comunidad de Nippon Kempo mexicano, generando confusión y enseñando arrogancia a sus alumnos, ya que se les ha inculcado lealtad a una persona o bando, por encima del respeto al arte y los maestros que han caminado el Camino antes que nosotros; este nivel de sectarismo recuerda tristemente a las peores peleas de linaje vistas en disciplinas como Wing Chun o incluso en algunos estilos de Karate, donde diferentes asociaciones se acusan de enseñar “mal” al otro; Este es exactamente el cáncer al que alude el título de este artículo: una enfermedad interna que divide y consume a la comunidad, apartándola de sus objetivos genuinos … “[seguir] un camino de superación personal, para crecer como ser humano y ser más fuerte no solo física sino espiritualmente, encontrando armonía con uno mismo y con el universo”.


Cabe señalar que no todos en el Nippon Kempo mexicano han caído en este juego. Maestros veteranos de la “generación dorada” –formados directamente por Sakakura– han expresado su tristeza por la situación. En entrevistas (e.g., Revista Katana, 2020) comentan que el mejor homenaje a Sakakura sería la unidad y el crecimiento conjunto, no bandos enfrentados; muchos de estos maestros mantienen amistad entre sí pese a pertenecer ahora a organizaciones distintas, demostrando que la rivalidad puede superarse con madurez; sin embargo, la influencia de ciertos líderes con agendas personales dificulta la reconciliación. Es un proceso en desarrollo, pero inevitablemente la comunidad en su conjunto sufre, torneos cancelados o con escasa participación, menor intercambio técnico (keiko), alumnos confundidos que abandonan la práctica, etc; en última instancia, el arte marcial mismo es el perjudicado.


Paralelo con el sectarismo en linajes de Wing Chun

El sectarismo observado en Nippon Kempo no es un caso aislado; tiene ecos claros en otras artes marciales tradicionales, un paralelo útil es el del Wing Chun (arte de kung-fu chino), famoso por sus disputas internas de linaje, el Wing Chun se transmitió a través de distintas ramas familiares y de discípulos del maestro Ip Man, expandiéndose por Hong Kong y Occidente a partir de los años 60; con el tiempo, cada rama desarrolló un fuerte sentido de identidad y muchas comenzaron a proclamarse depositarias únicas del “verdadero” Wing Chun. Investigaciones históricas (Chu et al., 1998; Bezanilla, 2023) revelan que cada linaje o rama del Wing Chun tiene su propio mito de creación –por ejemplo, algunos remontan su origen a una monja Shaolin legendaria (Ng Mui), otros a héroes cantoneses clandestinos–, y aunque los detalles varían, todos comparten elementos técnicos comunes; no obstante, esas diferencias narrativas han sido usadas por algunos líderes para justificar la exclusividad y mercantilización de su enseñanza.


La consecuencia fue un ambiente de poca o nula colaboración e incluso hostilidad entre escuelas durante décadas, hubo episodios notables; en 1986, un desafío público enfrentó a eminentes representantes de distintos linajes (evento ampliamente difundido que dejó mal parada a la comunidad); en otras ocasiones, se negaba la entrada a seminarios a practicantes “de fuera”, etc. Este sectarismo llevó a que el Wing Chun se fragmentara en docenas de organizaciones mundiales, algunas de las cuales no se reconocen mutuamente certificaciones ni torneos. Se trata, de nuevo, de egos y “complejos de maestros”: individuos que prefieren reinar en su pequeño feudo que contribuir a una comunidad unida.

Sin embargo, en años recientes se ha visto una reacción contra esa tendencia. Muchos practicantes de segunda y tercera generación, cansados de las disputas, han empezado a intercambiar información libremente y a reconocer que no existe un solo “Wing Chun verdadero”. Como mencionan historiadores modernos, la transmisión del Wing Chun nunca fue lineal ni pura: muchos aprendieron de varios maestros, hubo evoluciones técnicas y hasta invenciones posteriores atribuidas retroactivamente a los fundadores; al aceptar estos hechos, se abre la puerta a una visión más ecuménica, distintas miradas pueden ser válidas interpretaciones de un mismo núcleo, esta humildad intelectual ha permitido encuentros inter-escuelas y proyectos de investigación conjuntos, el resultado es enriquecedor, los practicantes descubren puntos fuertes en otras variantes y reconocen también defectos en la propia, generando retroalimentación constructiva; así, el Wing Chun comienza a sanar de su pasado sectario, aunque persisten aún reductos intransigentes.


El paralelo sirve para subrayar que el sectarismo no es inherente al arte marcial, sino una desviación causada por actitudes humanas (ego, inseguridad, afán de poder), si incluso un arte tan dividido como Wing Chun puede moverse hacia la reconciliación, lo mismo podría lograrse en Nippon Kempo u otras disciplinas, siempre que haya voluntad de anteponer el arte y sus valores a los personalismos.



Hacia una visión integradora: el arte marcial como camino vital

Frente a los peligros analizados, es urgente proponer una visión integradora del arte marcial, que rescate su esencia y raíces éticas; esta visión debe basarse en un principio clave: el arte marcial no es una doctrina fija, sino un camino (道 Dō) en constante transformación; en otras palabras, el arte vive a través de sus practicantes; cada generación lo reinterpreta y enriquece, a la vez que mantiene sus fundamentos; concebir el arte como algo vivo implica rechazar cualquier dogma estático: ni “mi maestro lo enseñó así y así se congeló para siempre”, ni “mi linaje es el único válido”; al contrario, supone entender que toda tradición marcial fue en su origen una innovación, y que honrar verdaderamente a los maestros del pasado consiste en mantener vivo ese espíritu innovador, no en momificarlo.


Filosóficamente, esta visión encuentra sustento en la idea japonesa del Shu-Ha-Ri. Este concepto describe tres etapas del aprendizaje tradicional: Shu (守) –conservar la forma–, Ha (破) –romper la forma–, y Ri (離) –trascender la forma; en la etapa Shu, el estudiante sigue fielmente las enseñanzas de su escuela y maestro, absorbiendo las bases, en Ha, tras dominar lo básico, comienza a explorar variaciones, cuestionar dogmas y aprender de otras fuentes, rompiendo las ataduras estrictas de la forma; finalmente, en Ri, el practicante alcanza un nivel en que fluye libremente, habiendo integrado en sí mismo la esencia del arte más allá de cualquier forma específica. Muchos “maestros sectarios” se quedan atrapados en Shu, o peor, nunca alcanzaron ni eso adecuadamente pero actúan como si Ri (trascender) significara “lo mío es absoluto”; la verdadera comprensión exige pasar por Ha –romper y superar la rigidez. Un arte marcial pleno requiere esa evolución: tradición y cambio entrelazados.


Desde la óptica de los textos tradicionales, los fundamentos del Bushidō y del Zen también apoyan un camino marcial flexible y ético; el Bushidō nos recuerda que la honorabilidad y el valor de un guerrero se miden por su rectitud moral, su coraje para enfrentar la verdad y su lealtad a ideales superiores, no a su propio ego, lo que en la actualidad se refiere a que hoy, un artista marcial honorable prefiere la verdad del progreso técnico y moral de su comunidad a la defensa ciega de su postura o creencia personal, ser leal no significa ser necio; de hecho, ser leal a la memoria de un Maestro como Sakakura implicaría mantener la honestidad, la armonía y el respeto mutuo que él representaba, antes que dividir a sus alumnos en facciones.


Por su parte, el Zen / Chan budista nos brindan la enseñanza de la mente vacía y compasiva; la práctica del zazen entrena al individuo a soltar sus apegos y ver la realidad sin filtros del ego; un maestro zen clásico, preguntado sobre la esencia de su doctrina, respondió: “Mente que lo abarca todo”, esta idea de mente amplia puede guiar al artista marcial a abrazar todas las experiencias como fuente de aprendizaje en lugar de “esto no es de mi estilo, lo rechazo”, pensar: “¿qué puedo aprender de esto que quizás mejore mi comprensión?”; la compasión, otro valor budista, implica también empatía hacia otros practicantes, entender que todos estamos en el camino, que nadie posee la verdad entera; “los que comprenden el Dharma no ven faltas en el mundo; los que ven faltas en el mundo no comprenden el Dharma”, dijo Hui Neng; traducido al contexto marcial, quien de verdad comprende el Arte no anda buscando defectos en las otras escuelas; quien solo ve defectos en los demás, es que no ha comprendido el Arte.


En términos prácticos y éticos, debemos volver a las virtudes marciales universales, un compendio de las virtudes del código chino Wu De (ética guerrera) sugiere cualidades a cultivar como: Disciplina, Autocontrol, Modestia, Humildad, Respeto, Integridad, Confianza, Lealtad, Perseverancia, Paciencia y Coraje; es revelador que varias de estas virtudes se refieren a refrenar el ego y orientar el carácter hacia el bien común: modestia, humildad, respeto, integridad. Si todos los instructores se apegaran a estos principios, sería imposible caer en el tipo de actitudes egoístas que hemos discutido; por ejemplo, la modestia dicta que “el orgullo debe ser ajeno; [el guerrero] nunca debe sobrestimarse ni subestimar su contexto”; la humildad se define como “renunciar al orgullo personal, expresándose mediante la sencillez”, la lealtad, entendida como fidelidad no solo a personas sino a principios, “permite la construcción de relaciones sólidas y perdurables”. Si un instructor honra la lealtad a su maestro fallecido, no buscará su propio provecho causando disputas, porque eso traicionaría la relación construida.


Es crucial también recuperar la idea de comunidad marcial como una gran familia (budo-ka); en Japón existía el concepto de ichizoku (un clan, una familia) entre los guerreros; en China, las artes marciales tradicionales hablan de hermanos mayores y menores de kung-fu; estas metáforas familiares implican que, si bien hay jerarquías y distintas ramas, todos comparten un lazo de hermandad en el camino marcial, un padre legítimo no quiere que sus hijos se peleen entre sí; análogamente, un “Maestro” genuino preferirá la unidad de sus discípulos antes que verlos divididos, los practicantes deberían verse mutuamente como compañeros de camino (Do), no como enemigos, competir es sano para crecer cuando se hace con respeto (por ejemplo, en torneos o encuentros técnicos), pero la competencia desleal o el sabotaje es antitético para el Budo.


Por último, una visión integradora implica fomentar el aprendizaje constante y la autocrítica en instructores y alumnos, los maestros deben seguir siendo estudiantes, historias clásicas nos hablan de maestros que al envejecer seguían practicando diligentemente las formas básicas cada día, recordándose a sí mismos no caer en la complacencia; un proverbio zen reza: “En el momento en que dejas de mejorar, dejas de ser bueno”, el maestro que abraza este credo nunca se creerá infalible ni cerrará la puerta a nuevas ideas; esto no significa relativismo absoluto ni falta de convicciones, uno puede y debe sentirse orgulloso de su escuela y preservarla, pero sin convertir esa lealtad en fanatismo dogmático, se puede ser ortodoxo sin ser intolerante; un ejemplo es el Aikido: la mayoría de dojos siguen fielmente las técnicas del fundador Morihei Ueshiba, pero es común que inviten seminarios de maestros de otras artes (judo, karate, jujutsu) para complementar la formación. Esa actitud abierta enriquece sin por ello “traicionar” la tradición.


En conclusión, recuperar la esencia marcial y ética requiere un cambio de actitud del ego al Do, cambiar la pregunta de “¿Quién es el verdadero maestro aquí?” por “¿Qué podemos aprender todos el uno del otro?”, recordar que el enemigo no está en el dojo vecino, sino en la ignorancia, la violencia injusta, la pereza y el orgullo desmedido dentro de uno mismo, así como el acero se templa con fuego y frío, las comunidades marciales se templan con debate y colaboración respetuosa, la fricción puede pulirnos si hay respeto, o destruirnos si hay odio. La propuesta es pulirnos mutuamente.


El recorrido presentado nos lleva a reflexiones profundas sobre la crisis de valores y la oportunidad de renovación en las artes marciales actuales, hemos visto cómo los linajes y bandos sectarios actúan como un cáncer interno, alimentado por pequeños instructores ávidos de estatus que olvidan la grandeza de la vía marcial; este fenómeno –ilustrado por el caso del Nippon Kempo en México y los paralelos en Wing Chun– socava la esencia del Budō/Bu-, quiebra la unidad, degrada la calidad técnica y, peor aún, traiciona los principios éticos de humildad, respeto y honor.


Sin embargo, también encontramos en las fuentes clásicas y en voces contemporáneas autorizadas las claves para rectificar el rumbo, textos como el Hagakure, el Dokkōdō de Musashi, el Sutra de la Plataforma de Hui Neng, e incluso los mitos fundacionales como el Kojiki, nos recuerdan que el camino del “Guerrero” trasciende las fronteras estrechas del ego y la doctrina muerta, estos textos clásicos, estudiados críticamente, nos enseñan que el Camino es ante todo una vía interior de dominio de sí mismo, de servicio a un ideal más alto, de búsqueda sincera de la verdad en la experiencia; ninguno de estos ideales es compatible con las actitudes mezquinas de división y dogmatismo.


Con base en todo lo anterior, instamos a la comunidad de artes marciales –instructores y alumnos por igual– a recuperar la esencia marcial y ética de sus prácticas, esto implica, en la práctica: rechazar frontalmente los discursos de odio y la ilusión de superioridad hacia otras escuelas; fomentar el diálogo interdojo e incluso entrenamientos conjuntos (Keiko); educar a los estudiantes en la historia completa de sus artes (con sus luces y sombras) para que desarrollen pensamiento crítico; y, sobre todo, liderar con el ejemplo; un instructor que reconoce públicamente seguir aprendiendo, que elogia los logros ajenos con sinceridad y admite cuando se equivoca, enseña más con esos actos que con mil medallas o katas; la próxima generación de artistas marciales observará nuestros comportamientos más que nuestras palabras: ¿verán egos enfrentados, o una hermandad en búsqueda de perfeccionamiento?


El llamado es a la unidad en la diversidad, podemos tener diferentes linajes, estilos o enfoques –esa diversidad enriquece el mosaico marcial–, pero no debemos caer en la discordia estéril, como en un jardín Zen, distintas rocas y arenas componen una única armonía; recordemos que todos los caminos marciales bien encaminados apuntan hacia un mismo centro, la forja de un ser humano mejor, más consciente, más justo y más fuerte de espíritu; si mantenemos esa meta en el horizonte, las disputas de bandos se revelarán pequeñas e innecesarias, recuperemos, pues, el espíritu del Budō: corte limpio al ego, abrazo al camino compartido, y así nuestras artes marciales seguirán floreciendo con honor y significado profundo.


Referencias:

  • Bezanilla, J. M. (2023). Wing Chun Kung Fu: “Raíces” y “Evolución”. Principios para el trabajo con la dimensión corporal y el desarrollo biomecánico del arte. Naucalpan: Flor de Ciruelo.

  • Bezanilla, J. M. (2023). “Qi Jiguang” y la maestría del Kung Fu de 1560. Madrid: Académica Española. (Referencias a virtudes marciales, Wu De).

  • Chu, R., Ritchie, R., & Wu, Y. (1998). Complete Wing Chun: The Definitive Guide to Wing Chun’s History and Traditions. Boston: Tuttle. (Mitos de linaje en Wing Chun).

  • Hui Neng (ca. 713). Sutra de la Plataforma del Sexto Patriarca. En Planeta Holístico (4 dic 2025). (Enseñanzas Chan sobre no-apego y naturaleza de buda).

  • Nitobe, I. (1905). Bushido: The Soul of Japan. Tokyo: Teibi Publishing Company. (Virtudes del Bushidō: rectitud, coraje, benevolencia, respeto, sinceridad, honor, lealtad).

  • Tsunetomo, Y. (1716/2014). Hagakure: El libro del samurái (trad. al español, ed. Hojas Cultas). Kyoto: Yamamoto Press. (Humildad y conducta del samurái; crítica y modestia).

  • Musashi, M. (1645/2020). Dokkōdō: El camino de andar solo. En I. García (Ed.), Blog (28 nov 2020). (21 preceptos de Musashi; humildad y desapego).

  • Sendero Artes Marciales. (2016, 7 mayo). De luto Nippon Kempo en México, falleció Shihan Tsunanori Sakakura, padre de la disciplina en el país. (Noticia biográfica: Sakakura y su legado en México).

  • Revista Katana. (2020, 19 feb). In Memoriam Tsunanori Sakakura. (Homenaje al maestro Sakakura; legado ético).

  • Tokushinkan Dojo (2022). Inicios y difusión del Nippon Kempo en México (Parte 2)m.nipponkempomexico.mex.tl. (Reseña histórica: maestros fundadores en México).

 

 
 
 

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Las imágenes, ejercicios y técnicas se presentan únicamente con fines ilustrativos y educativos. Los autores, editores y colaboradores de este sitio y ssu redes sociales no se hacen responsables de cualquier lesión o daño que pueda resultar de la aplicación incorrecta o imprudente de las estrategias mencionadas.

 

Al utilizar la información proporcionada en este sitio y sus redes sociales, el lector o usuario lo hace bajo su propio riesgo y asume toda la responsabilidad de cualquier resultado. Se recomienda encarecidamente buscar la orientación y supervisión de profesionales de la salud para un manejo adecuado de cualquier condición relacionada con la salud y el rendimiento deportivo.

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