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Las raíces técnicas y espirituales del Nippon Kempo

Actualizado: 16 oct 2025

Las raíces técnicas y espirituales del Nippon Kempo

Dr. José Manuel Bezanilla C.N. 4º Dan



Resumen

El presente artículo explora las raíces técnicas y espirituales del Nippon Kempo, un arte marcial japonés moderno fundado en 1932 por Masaru Sawayama. A través de una investigación histórica y doctrinal, se analiza cómo dos prácticas antiguas – el kumiuchi (combate cuerpo a cuerpo con armadura) y el sumai (predecesor ritual del sumo) – constituyen los cimientos técnicos y espirituales de este arte. Se abordan la evolución de dichas prácticas, la transferencia de sus principios al Nippon Kempo actual y los cambios históricos que ocurrieron en el proceso, así como los marcos doctrinales (bushidō, budismo zen) que configuran el ethos marcial de la disciplina. Se plantea una reflexión crítica sobre la preservación de estas enseñanzas profundas frente a la tendencia de algunos instructores contemporáneos a repetir mecánicamente las lecciones del maestro, asumiéndose “dueños” del estilo sin comprender su esencia. Por medio de fuentes primarias y secundarias – crónicas japonesas, textos clásicos (Hagakure, Sutra de la Plataforma, Bubishi, tratados de jujutsu) y estudios modernos en japonés, inglés y español – se fundamenta teóricamente la interrelación entre la técnica combativa tradicional y la espiritualidad budista/zen en el Nippon Kempo. Los resultados subrayan la naturaleza interdisciplinaria de este arte marcial, cuyo estudio integral abarca la historia guerrera, la filosofía espiritual y la transmisión técnica a lo largo del tiempo. En conclusión, se reivindica la importancia de rescatar la profundidad histórico-filosófica del Nippon Kempo para guiar su práctica actual más allá de la mera repetición rutinaria, manteniendo vivo su auténtico legado marcial y espiritual.

 

Introducción

El Nippon Kempo (日本拳法, “Kenpō japonés”) es un arte marcial japonés moderno creado en 1932 por el maestro Masaru (Muneomi) Sawayama, en principio, destaca por combinar golpes de puño, patadas, proyecciones, luxaciones e incluso combate en el suelo, todo ello ejecutado con contacto pleno gracias al uso de protecciones (careta, peto, guantes) conocidas como bōgu; este estilo marcial nació con el propósito explícito de recuperar la efectividad del combate real – ataque y defensa auténticos – en un momento en que muchas artes marciales de la época estaban eliminando el contacto completo de sus prácticas. Sawayama, judoka de formación e influido por el karate Okinawense, concibió el Nippon Kempo para “resucitar” técnicas antiguas de lucha cuerpo a cuerpo (atemi-waza, proyecciones, etc.) que consideraba esenciales para un arte marcial completo; en palabras del del maestro Sawayama, quitar los golpes de un arte de combate “es como quitarle las garras y colmillos a un león”, ilustrando así su empeño en reinstaurar la combatividad real dentro de un marco seguro de entrenamiento.

 

Ahora bien, el Nippon Kempo no surgió de la nada; por el contrario, sus raíces técnicas se remontan profundamente en la historia marcial japonesa, dos prácticas ancestrales destacan como pilares fundamentales: el kumiuchi, o lucha cuerpo a cuerpo con armadura practicada por los samuráis en el campo de batalla, y el sumai, forma antigua del sumō con connotaciones rituales; Sawayama estudió con detenimiento las crónicas clásicas donde se describían combates cuerpo a cuerpo épicos, y reconoció en ellas los principios que buscaba. De hecho, se ha señalado que “los orígenes del Kempo se remontan al antiguo sumai, aunque [el arte] surgió formalmente en 1932”. Así, el Nippon Kempo puede verse como heredero directo de esa tradición marcial japonesa que abarca desde los duelos desarmados de guerreros medievales hasta los forcejeos rituales en las cortes imperiales.


Sin embargo, comprender verdaderamente este arte marcial requiere más que repetir sus técnicas externamente; exige profundizar en su filosofía y ethos (sentido primario). El Nippon Kempo fue concebido no solo como método de combate, sino como un camino (dō) de superación personal física y espiritual; en el lema desarrollado por el Maestro Tsunanori Sakakura, se proclama: “Nippon Kempo es un camino de superación personal, para crecer como ser humano y ser más fuerte, no sólo físicamente, sino también espiritualmente, encontrando así armonía con uno mismo y el universo”. Esta declaración evidencia la integración de un ideal filosófico en la práctica marcial, en línea con la tradición del bushidō y el budō moderno, influida por el Zen y el pensamiento budista. No obstante, en el contexto contemporáneo se observa que algunos instructores repiten fórmulas y katas aprendidas del maestro fundador sin captar la profundidad de sus enseñanzas, llegando incluso a asumirse “dueños del estilo” por mera antigüedad o jerarquía. Esta actitud, criticada aquí, contrasta con la humildad y búsqueda constante de entendimiento que tradicionalmente caracterizan al verdadero budoka; por ello, resulta pertinente retornar a las raíces – técnicas y espirituales – del Nippon Kempo, clarificando qué lo hace un arte marcial único y cuál es el legado que los practicantes e instructores deben honrar.

 

El kumiuchi

Una de las raíces técnicas primordiales del Nippon Kempo se encuentra en el kumiuchi (組討), término que designa el combate cuerpo a cuerpo entre guerreros armados y protegidos con armadura durante la era feudal; antes de la aparición de las armas de fuego, los samuráis debían complementariamente dominar la lucha sin armas para cuando las lanzas o espadas no podían usarse a corta distancia, en el fragor de la batalla, con ambos contendientes cubiertos por armaduras de hierro (yoroi), los golpes de puño o patadas tenían poca eficacia; en consecuencia, “se empleaban estrangulaciones y bloqueos articulares para atacar las áreas desprotegidas como el cuello, brazos y piernas”; así, el kumiuchi privilegiaba técnicas de agarre, lanzamiento y sumisión sobre técnicas percutoras, sentando las bases de lo que posteriormente sería conocido como jūjutsu (柔術). Como señala la historiografía marcial, “las técnicas más avanzadas de kumiuchi contribuyeron al desarrollo del jujutsu”, al refinar tácticas para neutralizar a un enemigo armado y acorazado sin depender de la fuerza bruta sino aprovechando puntos vulnerables y apalancamiento.


En la práctica, el kumiuchi englobaba un conjunto amplio de técnicas y llegó a diversificarse en distintas ramas. Las fuentes clásicas distinguen, por ejemplo, entre el yoroi-kumiuchi (鎧組打) o “combate agarrado con armadura” propio de los campos de batalla del período Sengoku (siglos XV-XVI), y el heifuku-kumiuchi (平服組打), lucha sin armadura o en ropas normales desarrollada en períodos de paz (como el Edo, s. XVII-XIX); en esencia, ambas modalidades compartían principios de control corporal, desequilibrio y sumisión del adversario, adaptándose ya fuera a contextos militares o civiles. De hecho, antes de que la palabra jūjutsu se popularizara en el siglo XVII, existían numerosos términos para estas artes de combate sin armas; diversas escuelas antiguas (koryū) usaban denominaciones como taijutsu (体術, “arte del cuerpo”), kogusoku (小具足, “lucha con armadura ligera”), yawara (和術, “arte de la suavidad”) o directamente kumiuchi, para referirse a sus currículos de agarres y derribos; por ejemplo, la escuela Takenouchi-ryū (竹内流), fundada en 1532 y considerada pionera del jujutsu clásico, incluyó desde sus inicios técnicas de yoroi kumiuchi junto con técnicas con armas cortas, reflejando la transición del combate plenamente armado a formas híbridas de autodefensa en tiempos de paz.


En la cultura samurái, el dominio del kumiuchi era parte integral del ethos guerrero; durante el Sengoku Jidai (Período de los Estados Combatientes), la capacidad de luchar cuerpo a cuerpo decidía la supervivencia en campo abierto una vez quebradas las lanzas o espadas; las crónicas militares y densho (manuales transmitidos en las escuelas) enfatizan virtudes como la valentía, la resolución y la mente serena bajo presión como cualidades esenciales del guerrero en estas confrontaciones cuerpo a cuerpo. Este último punto enlaza con la influencia del Zen: muchos samuráis practicaban meditación zen para cultivar el estado mental adecuado – una mente flexible, libre de distracciones – que les permitiera reaccionar instintivamente en la confusión de un duelo a muerte. El concepto zen de “mushin no shin”, la “mente sin mente”, describe precisamente ese estado en el cual el combatiente actúa sin apego ni vacilación, plenamente presente; se trata de “una mente no fija ni ocupada por pensamiento o emoción y, por tanto, abierta a todo”, como tradujo D. T. Suzuki, es decir, libre de aferramientos mentales. Los tratados de esgrima como Fudōchishinmyō-roku de Takuan Sōhō (siglo XVII) o las anécdotas del Hagakure muestran cómo el guerrero ideal entrenaba su espíritu para permanecer imperturbable incluso en el caos del kumiuchi; en este sentido, la práctica del kumiuchi en la era feudal estaba imbuida no solo de técnica combativa sino de una disciplina mental y espiritual: exigía asumir la posibilidad de la muerte en cada instante y aun así actuar con claridad. Yamamoto Tsunetomo lo expresa en el Hagakure al afirmar que “el bushidō es realmente la forma de morir: el samurái debe estar dispuesto a morir en cualquier momento”, entendiendo que quien internaliza plenamente la muerte “alcanza un estado trascendente de libertad” que le permite cumplir perfectamente con su deber como guerrero.

 

Tradición combativa y rito espiritual: el sumai

La segunda gran raíz del Nippon Kempo nos lleva aún más atrás en el tiempo, a la época de los mitos fundacionales japoneses, con la práctica del sumai (相撲, a veces transliterado “sumae”). El término sumai designaba en la antigüedad un estilo de combate sin armas y sin armadura, precursor directo del sumō actual; a diferencia del sumo deportivo moderno – que se ha especializado en empujes y proyecciones sobre un dohyo o ring circular –, el antiguo sumai abarcaba un repertorio de técnicas mucho más amplio; fuentes históricas indican que “en el sumai se utilizaban golpes, patadas, barridos, llaves, proyecciones, rodillazos e incluso pelea en el suelo”; es decir, era una forma de lucha integral, prácticamente equivalente a un combate sin reglas de época antigua. De hecho, analistas modernos lo describen como una suerte de “estilo de combate libre ancestral” del Japón feudal, del cual derivan varias artes posteriores: “Es posible afirmar que el Nippon Kempo es una forma moderna del sumai pero, a diferencia de éste, se practica con equipo protector” para resguardar la integridad física; asimismo, el sumai es reconocido como antecedente histórico del jujutsu, el judo y el propio Nippon Kempo, entre otros sistemas.

 

 

El registro más antiguo sobre un combate de sumai se halla en las crónicas mítico-históricas de Japón, el Nihon Shoki (720 d.C.) y el Kojiki (712 d.C.) narran el legendario duelo entre Nomi no Sukune y Taima no Kehaya en el año 23 a.C., durante el reinado del emperador Suinin; según se relata, Taima no Kehaya, un hombre de enorme fuerza, desafió a combate a Nomi no Sukune, un fornido alfarero de la provincia de Izumo, el encuentro fue brutal: “durante el curso de esta feroz pelea, Nomi propinó una patada monumental a las costillas de Taima (rompiéndoselas) y lo derribó, luego Nomi lo remató con un pisotón que pulverizó la cadera de Taima, lesión de la cual este murió al día siguiente”. Este violento relato – donde se mencionan explícitamente golpes letales – es considerado el primer combate de sumo registrado; por haber vencido, Nomi no Sukune es venerado en la tradición como el primer luchador de sumo de Japón, ancestro simbólico de todos los rikishi (luchadores); más allá de la anécdota, el duelo refleja que en sus orígenes el sumo/sumai era efectivamente un enfrentamiento sin restricciones, donde las técnicas de golpeo (atemi) estaban presentes junto con proyecciones, algunos historiadores señalan este evento como “la primera referencia al uso de habilidades de grappling en Japón”, situándolo como un proto-jujutsu dentro de la cultura japonesa.


Durante siglos posteriores, el sumai evolucionó en dos vertientes: una ritual y cortesana, y otra marcial y popular; en la corte imperial de Nara y Heian (siglos VIII–XII), el sumai no sechi era un evento ceremonial importante: durante festividades estacionales, se organizaban torneos de sumai ante el Emperador como espectáculo y como forma de seleccionar a los hombres más fuertes para la guardia imperial; estas luchas ritualizadas incorporaban ceremonias shintoístas – reverencias, aplausos, purificación – subrayando su carácter sagrado. De hecho, el Shinto está profundamente imbricado en los orígenes del sumo: se cree que los primeros combates se realizaban para honrar a los kami (espíritus) y rogar por cosechas abundantes; el día de hoy, muchos rituales del sumo moderno conservan esa impronta espiritual: el dohyo (ring) es tratado como un espacio sagrado, cubierto por un dosel que imita el techo de un santuario; el árbitro (gyōji) viste como un sacerdote sintoísta; antes de cada combate los luchadores esparcen sal para purificar el ring y realizan el shiko (pisotón) para alejar a los malos espíritus; además se realiza el dohyō matsuri (ceremonia de consagración del ring) enterrando ofrendas de comida y sake en el suelo del dohyo antes de un torneo.


Paralelamente, fuera de la corte, el sumo también persistió en forma de espectáculos populares y como entrenamiento de guerreros; ya en el período medieval, muchos señores feudales organizaban torneos de sumo entre sus samuráis a modo de prueba de fuerza y como entretenimiento, sin embargo, con el tiempo, especialmente en el período Edo (1603–1868) que fue de relativa paz, el sumo se fue reglamentando cada vez más hasta convertirse en el deporte nacional codificado que conocemos; se restringieron las técnicas peligrosas (por ejemplo, golpear con puño cerrado dejó de estar permitido, y obviamente técnicas como luxaciones o estrangulaciones desaparecieron) y se definieron reglas estrictas para ganar (sacar al oponente del círculo o hacer que toque el suelo con algo que no sean los pies). Esa evolución hizo del sumo una disciplina especializada, mientras que otras técnicas de combate desarmado siguieron desarrollándose por separado en las escuelas de jujutsu (orientadas a la defensa personal del samurái); aun así, los principios esenciales del sumai – equilibrio, potencia de tren inferior, proyección del centro de gravedad, y también la noción de espíritu de lucha indomable – fueron transmitidos a las artes marciales posteriores; no es casual que Jigoro Kano, al crear el judo a fines del siglo XIX, incorporara muchas técnicas de proyección inspiradas tanto en el jujutsu clásico como implícitamente en los derribos del sumo; o que maestros de karate okinawense como Chōjun Miyagi destacaran la importancia de “enraizarse” al suelo y desarrollar el tanden (centro de energía abdominal) de modo muy similar a como entrenan los luchadores de sumo su base y equilibrio.


Para el Nippon Kempo, el legado del sumai/sumo es tanto técnico como espiritual y doctrinal, técnicamente, Sawayama estaba interesado en revivir aquellos elementos combativos directos – golpes, patadas, derribos – que el sumai original poseía y que sentía que se estaban perdiendo. De hecho, su mentor, el maestro Takamaro Kuroyama (8º dan de judo), lamentaba en la década de 1920 que se estuvieran olvidando “técnicas muy efectivas de golpes, patadas, llaves y proyecciones” provenientes del antiguo sumai. Kuroyama instó al joven Sawayama (por entonces su alumno en la Universidad Kansai) a investigar esas técnicas históricas y encontrar una forma segura de entrenarlas nuevamente; el problema era que el sumai tradicional se hallaba “disperso entre varios estilos” y muchos habían suprimido las técnicas más peligrosas en favor de prácticas formales (kata). Sawayama asumió ese desafío: estudió textos antiguos – incluido el Kojiki y Nihon Shoki donde encontró la referencia al combate de Nomi no Sukune – y concluyó que era posible recuperar el espíritu del sumai integrándolo con los conocimientos modernos; así, el Nippon Kempo se concibió desde un inicio como una fusión de lo antiguo y lo nuevo: “incorporó los estilos antiguos del sumai, del sumo y del jiu jitsu, y transformó sus técnicas” para adaptarlas a un entrenamiento contemporáneo seguro. La adopción del bōgu (armadura protectora) fue la pieza clave que permitió reintroducir los atemi waza (golpes de contacto pleno) y las proyecciones vigorosas sin un alto riesgo de lesiones; en otras palabras, el equipamiento moderno permitió rescatar y actualizar la intensidad combativa del sumai ancestral dentro de un marco de dojo.


En el plano espiritual, el sumo – aún portador del legado ritual del sumai – aportó al Nippon Kempo valores como la disciplina, el respeto y la ritualización del combate como vía de perfeccionamiento, no es casual que en las ceremonias de inicio y cierre de clase de Nippon Kempo se realicen saludos formales (rei) hacia el shomen (frente del dojo) y entre los practicantes, ni que se reciten lemas en voz alta que refuerzan la actitud mental adecuada; en algunos dojos, tras el saludo inicial se declama el compromiso: “Voy a echarle muchas ganas… para mí todo es posible, puedo lograr lo que quiero”, enfatizando la cultivación de la perseverancia y la confianza, y al final de la sesión infantil, por ejemplo, se agrega: “Debo respetar a mis semejantes, debo respetar a mis padres”. Este tipo de protocolo motivacional refleja la búsqueda de un sentido trascendente en la práctica, reminiscente del carácter educativo y ético que siempre tuvo el sumo en la cultura japonesa (donde los campeones, yokozuna, deben ser no solo fuertes sino ejemplares en conducta). Sawayama integró también principios como el jiri-ki seido (auto-esfuerzo para la perfección) y yoki-hotoku (espíritu de gratitud y contribución social) como fundamentos del Nippon Kempo; según su filosofía, “aprendemos Kempo para cultivar un espíritu de auto-dependencia… promovemos la paz mundial con un espíritu de servicio (yoki-hotoku) para aportar a la sociedad”.

 

Evolución histórica: del antiguo legado al arte marcial moderno

Con las bases sentadas en el kumiuchi y el sumai, es ilustrativo repasar cómo evolucionaron estas tradiciones hasta concretarse en el Nippon Kempo en el siglo XX. La era Meiji (1868–1912) marcó un punto de inflexión, Japón abolió la clase samurái y modernizó sus instituciones, dando lugar a la desaparición de los duelos feudales pero simultáneamente al renacimiento de las artes marciales como “do” (caminos de perfeccionamiento); en 1876 se prohibió portar espada en público, reduciendo la necesidad práctica de artes marciales tradicionales; muchas escuelas clásicas de jujutsu fueron perdiendo vigencia, sin embargo, educadores visionarios como Jigoro Kano rescataron esas técnicas creando sistemas adecuados para los nuevos tiempos – Kano fundó el judo en 1882, seleccionando técnicas de varias escuelas de jujutsu y estableciendo un método de “randori” deportivo sin peligros mortales; el judo enfatizó lanzamientos y controles, pero eliminó los golpes (atemi) y ciertas llaves potencialmente lesivas para poder practicar en un entorno deportivo seguro; por otro lado, en Okinawa se gestaba la integración de técnicas autóctonas de mano vacía (te/ti) con influencias del kenpō chino (quanfa), lo que dio origen al karate, introducido al Japón continental en la década de 1920 por maestros como Gichin Funakoshi, Kenwa Mabuni y Chōjun Miyagi. El maestro Kenwa Mabuni, en particular, tuvo importancia en nuestra historia, fue el fundador del estilo Shitō-ryū de karate, se instaló en Osaka y enseñó a numerosos estudiantes, entre ellos al joven Sawayama que era estudiante de leyes en Kansai University y ya cinturón negro de judo, se interesó inicialmente por complementar el judo con técnicas de golpe (atemi-waza); investigó antiguos estilos de jūjutsu pre-Kano pero “no quedó impresionado” con lo que encontraba, quizá por el excesivo formalismo de los katas antiguos, por eso invitó a Mabuni y al maestro Chōjun Miyagi a dar seminarios de karate en su universidad en 1930; no obstante, al practicar karate-dō, Sawayama se sintió insatisfecho con el exceso de kata y la falta de combate libre (kumite), por lo que gradualmente “perdió interés en el karate” justamente porque deseaba un entrenamiento más libre y realista.

 

 

Esta búsqueda de realismo llevó a Sawayama a organizar peleas experimentales de kumite clandestino con protección improvisada en el Santuario Tarumi de Osaka, dichos encuentros, en los que participaban estudiantes de diferentes disciplinas, fueron el germen del Nippon Kempo; el propio Sawayama se sumergió en la investigación histórica, y en 1932, tras su graduación, se dedicó a estudiar textos clásicos (como las crónicas Kojiki/Nihon Shoki mencionadas) e identificó en el sumai la “técnica que necesitaba” para su nuevo arte; ese mismo año formalizó la fundación de su estilo bajo el nombre de Dai Nippon Kempo (Gran Kempo del Japón), reuniendo a cerca de cien practicantes en la organización Kōka-kai y estableció las bases técnicas, un sistema híbrido que integraba los golpes del karate (puño, pierna, codo, rodilla), las proyecciones y controles del judo/jujutsu, y la mentalidad combativa del sumai, todo ello ejecutado con armadura protectora para permitir el contacto completo. Como señalan los historiadores, “en 1934 Sawayama comenzó a practicar con la armadura protectora asociada al Nippon Kempo”, perfeccionando así el equipamiento que distinguiría a su arte marcial; el uso del bōgu (casco metálico con rejilla, peto acolchado, guantes gruesos, coquilla) fue una innovación crucial, por un lado, “permite entrenar con realismo sin riesgo, siendo parte esencial del sistema”; por otro, marca una analogía simbólica con la armadura samurái, conectando al practicante moderno con la experiencia del guerrero antiguo (enfrentar golpes contundentes y seguir combatiendo).


En las décadas siguientes, el Nippon Kempo se difundió inicialmente en clubes universitarios de Kansai y luego por todo Japón; Sawayama insistió siempre en el carácter integral de su arte, “no era meramente un deporte competitivo, sino un método de formación del individuo”; de hecho, fue adoptado en entrenamiento policial y militar, “varias prefecturas policiales de Japón utilizan el Nippon Kempo como parte de su formación, para mejorar las habilidades de combate sin armas y la confianza de los oficiales”, también el Ejército de Autodefensa lo incorporó en sus manuales de combate cuerpo a cuerpo en los años 1950, trabajando junto a expertos de judo y aikidō, esta institucionalización implicó ajustes reglamentarios (se definieron categorías de competición, un sistema de arbitraje y puntuación, etc.), pero sin traicionar la amplitud técnica original, incluso hoy, en combates de Nippon Kempo está un gran repertorio técnico de puñetazo, patada, rodillazos, proyecciones diversas y lucha en el suelo con finalizaciones, lo que lo asemeja a un precursor de las artes marciales mixtas pero con un fuerte anclaje tradicional y ético.


No obstante, la expansión no estuvo exenta de tensiones internas, hacia finales de los años 1950, tras retirarse Sawayama de la vida activa (falleció en 1977), surgieron divisiones administrativas en la comunidad de Nippon Kempo: principalmente la separación entre la Nippon Kempo Kyōkai (asociación de Tokio) y la Zen Nippon Kempo Renmei (federación de Osaka) (cualquier parecido con la realidad mexicana es una fantasía). Diferencias organizativas y personales llevaron a que varias ramas operaran con ligeras variaciones de reglas o énfasis. Por ejemplo, en algunos sectores se priorizó el aspecto deportivo-competitivo, mientras otros subrayaron el aspecto doctrinal tradicional, estas divergencias, en ciertos casos, generaron instructores celosos de su linaje que llegaron a proclamarse únicos portadores de la “verdadera esencia” del Nippon Kempo, menospreciando otras facciones. De ahí la relevancia de una mirada académica, profesional e histórica: para recordar que el Nippon Kempo tiene un tronco común más allá de cualquier facción, creencia o linaje, y que dicho tronco se nutre de la historia marcial de todos sus practicantes en su conjunto. Ningún maestro “posee” en solitario el arte, pues este es fruto de una larga cadena de transmisión y adaptación, desde los guerreros anónimos que pulieron el kumiuchi en campos de batalla medievales, pasando por los luchadores rituales de sumai en el Japón antiguo, hasta los maestros modernos que recopilaron y sistematizaron esos conocimientos; si hoy día el Nippon Kempo es un camino marcial vivo, es gracias a esa acumulación de saberes colectivos, por tanto, asumir una actitud dogmática o de propiedad exclusiva traiciona el espíritu del arte, que siempre ha sido de evolución y apertura dentro del marco de sus principios fundacionales.

 

Marco doctrinal y ethos del Nippon Kempo: bushidō, Zen y cultura marcial

Habiendo explorado las raíces técnicas, pasamos a examinar el marco doctrinal y filosófico que subyace al Nippon Kempo; como arte marcial de la familia del budō (武道, “camino marcial”), el Nippon Kempo comparte la aspiración de forjar no solo combatientes eficaces, sino individuos éticos y espiritualmente cultivados, que no se queden estancados en mezquindades políticas. En su concepción original, Sawayama impregnó al Nippon Kempo con los valores del bushidō (el código del samurái) y con elementos de la espiritualidad Zen/Confuciana que habían acompañado a las artes guerreras por siglos en Japón; esto se refleja claramente en la filosofía expuesta por la Nippon Kempo Kyōkai: “Kempo es el camino para vencer pequeños ‘egos’ con el propósito de entrar en contacto con el gran poder vital”. Aquí “vencer el ego” alude directamente al ideal budista de trascender el yo individual y sus apegos – un principio central tanto en el Zen como en las artes marciales tradicionales, donde el enemigo más grande es la ignorancia o debilidad interna de uno mismo. Se afirma además que, al disipar el ego, uno puede alinearse con ese “gran poder vital” universal, obteniendo una fuerza inmensurable; esta retórica recuerda al concepto de ki (qi) – la energía vital que fluye cuando estamos en armonía con el universo – y suena a la vez a los postulados del Zen de la naturaleza búdica inherente que se manifiesta al eliminar las ilusiones del ego.


En la práctica del Nippon Kempo, esta filosofía se operacionaliza mediante una pedagogía y ritos cargados de significado; cada entrenamiento inicia y cierra con saludos (rei) formales, mostrando respeto al dojo, al maestro, a los compañeros y a uno mismo. Se recitan lemas en voz alta que funcionan casi como sutras laicas, reforzando la actitud mental positiva y la humildad. Por ejemplo, la frase “yo puedo hacer todo, para mí todo es posible” (Sakakura) repetida por niños practicante tiene un efecto psicológicamente empoderador, similar a los dhāraṇī (fórmulas) budistas que condicionan la mente hacia un estado virtuoso; asimismo, la exhortación final a “respetar a mis semejantes y a mis padres” inculca valores confucianos de filial piedad y armonía social, reconociendo que el arte marcial no existe aislado de la ética cotidiana. Este énfasis ético conecta con la tradición del bushidō: al igual que en el Hagakure, se exalta la lealtad al señor y la cortesía, en el Nippon Kempo se fomenta la lealtad a los principios y la cortesía con todos.


Cabe destacar la influencia directa de textos clásicos en la formación de la doctrina de Nippon Kempo. Por un lado, el Hagakure (葉隠) de Yamamoto Tsunetomo, redactado a inicios del siglo XVIII, es una fuente fundamental del ethos samurái que pervive en las artes marciales modernas. Sus máximas – “El camino del samurái es la muerte”, “ten siempre la muerte en mente y vivirás rectamente” – se interpretan no como incitación a la fatalidad sino como una guía para vivir sin temor, con determinación y honestidad absoluta, cualidades que un practicante de Nippon Kempo también debe cultivar. En el contexto del dojo, “morir” simbólicamente puede entenderse como sacrificar el ego, aceptar la corrección del maestro (aunque hiera el orgullo) y vaciar la mente. Esto enlaza con otra obra fundamental: el Sutra de la Plataforma del sexto patriarca Zen, Huineng (s. VIII), en el cual se enseña la doctrina del wu-nian (no pensamiento) y wu-xin (no-mente); en este sutra – influyente en la tradición Chan/Zen – se afirma: “sin pensamiento (wunian) significa no aferrarse a nada en el mundo exterior”, y “no-mente (wuxin) es la verdadera meditación”. La idea de no-mente es esencial en el Zen aplicado a las artes marciales: remite a un estado de atención pura, sin distracciones dualistas, en el cual el ejecutante responde espontáneamente, este estado mental es precisamente el que se busca en el combate de Nippon Kempo, donde pensar demasiado o dudar resulta en derrota. Los maestros japoneses condensaron esta enseñanza en la palabra mushin, que ya describimos. De hecho, la frase mushin no shin aparece en textos zen y significa que la mente está libre de pensamientos egoicos y por tanto abierta a la intuición inmediata. “La mente que no está ni apegada ni separada de nada, ése es el estado último”, podrían decir los monjes; “fluye con el oponente sin albergar intención fija”, diría un sensei en el dojo. Vemos así cómo los textos budistas-zen brindan un fundamento teórico a las actitudes mentales que el budō (incluido el Nippon Kempo) entrena prácticamente en cada momento dentro y fuera del Dojo.


Otra fuente clásica digna de mención es el Bubishi, antiguo manual chino de artes de combate. Si bien el Bubishi es ajeno a la tradición japonesa (proviene del Fujian, China, y fue transmitido a Okinawa en el siglo XIX), su contenido influenció fuertemente al karate y por ende llegó indirectamente al Nippon Kempo a través de maestros como Mabuni y Miyagi. El Bubishi – a veces llamado “la Biblia del Karate” – no solo recopilaba técnicas de “quanfa” (técnica de puño), puntos vitales y medicina, sino que incluía máximas éticas y estratégicas de origen confuciano/taoísta. Por ejemplo, enfatizaba la defensa de la justicia, la templanza, y preceptos como “no ser rápido en la ira” o “adaptarse como agua”, muy afines al pensamiento Zen y al taoísmo; estas ideas calaron en el karate-dō (Miyagi nombró su estilo Gōjū-ryū inspirado en conceptos del Bubishi) y de allí permeó al Nippon Kempo vía la formación inicial de Sawayama. Se puede afirmar que el Nippon Kempo sintetiza también esa línea de conocimiento oriental: combina la dureza () y la suavidad (), el ataque y la defensa en equilibrio – dualidades presentes tanto en el Bubishi chino como en la estrategia samurái (Heihō).


En cuanto al ethos marcial general, el Nippon Kempo se alinea con la noción de Bun Bu Ryōdō (文武両道) – “los dos caminos, el de la pluma y el de la espada” –, es decir, la idea de que el guerrero debe pulir tanto su intelecto/espíritu como su destreza física. Sawayama era un hombre educado (licenciado en Leyes) además de un combatiente formidable, y esperaba lo mismo de sus estudiantes universitarios, por eso, desde temprano el Nippon Kempo echó raíces en ambientes académicos (universidades como Kansai, Meiji, Kokushikan, etc.) donde se enfatizaba el desarrollo integral. En la visión del Nippon Kempo, un buen kempōka debe demostrar coraje y habilidad en el tatami, pero también rectitud moral, humildad, autodisciplina y contribución positiva a la sociedad. Esto refleja claramente la influencia del neoconfucianismo implantado en el bushidō durante el periodo Edo (vía pensadores como Yamaga Sokō o Kaibara Ekken, quienes definieron al samurái como un caballero ejemplar en todas las facetas de la vida). Aquella máxima de “cultivarse a uno mismo para dar paz al mundo” puede sonar grandilocuente, pero en la praxis del dojo se traduce en actos sencillos: ser humilde y renunciar al ego, respetar las jerarquías, ayudar a los compañeros más novatos, esforzarse constantemente por mejorar, y mantener la sencillez incluso al triunfar en competencia.


En este punto resulta pertinente retomar la crítica anunciada en la introducción: la actitud de algunos instructores contemporáneos que “repiten sin comprender las enseñanzas profundas del maestro y se asumen dueños del estilo”. Desde la perspectiva histórica y doctrinal expuesta, dicha actitud contradice flagrantemente el ethos del Nippon Kempo. Si un instructor se aferra rígidamente a la letra de las enseñanzas de Sawayama (o Sakakura) pero olvida el espíritu – es decir, la invitación a investigar, a evolucionar manteniendo la esencia, a equilibrar tradición y libertad técnica – entonces cae en un dogmatismo estéril. Peor aún, al creerse “dueño” del estilo, manifiesta justamente aquello contra lo que advierte la filosofía: el ego personal, la arrogancia que nubla el crecimiento espiritual. Como reza un antiguo adagio zen: “Si encuentras al Buda, mátalo”, sugiriendo que uno no debe apegarse ni siquiera a las figuras sagradas o maestros al pie de la letra, sino buscar la comprensión directa; en el contexto marcial, podríamos parafrasearlo: “Si te aferras al maestro, lo has perdido”. El genuino legado de Sawayama no es un conjunto de katas inmutables ni una marca registrada, sino una visión dinámica que combina lo mejor del pasado con la creatividad del presente, guiada por principios éticos atemporales. Por tanto, el instructor verdaderamente fiel al estilo y a la enseñanza de su Maestro será aquel que continuamente profundiza en las raíces (históricas, técnicas, espirituales) para nutrir su enseñanza, en vez de envanecerse con títulos o grados.

 

 

En síntesis, el marco doctrinal del Nippon Kempo se construye sobre la unión de la técnica y la sabiduría tradicional, es un arte marcial en el sentido pleno: arte, porque involucra la expresión del espíritu humano y la búsqueda de la perfección; marcial, porque su medio es el combate y proviene de una historia de guerreros. Sus raíces en el kumiuchi aportan la ciencia del combate eficaz; sus raíces en el sumai/sumo aportan la consciencia ritual y la conexión con lo sagrado; sus raíces en el bushidō/Zen aportan el camino de transformación personal. Esta amalgama hace del Nippon Kempo un ejemplo acabado de interdisciplinariedad: abarca historia (desde los mitos hasta la era moderna), religión/espiritualidad (Shintō y Budismo Zen), cultura samurái (honor, disciplina, servicio) y teoría de la transmisión técnica (cómo adaptar conocimientos antiguos a formatos contemporáneos).

 

 

Reflexiones finales y conclusiones

A lo largo de este artículo hemos examinado cómo las raíces técnicas y espirituales del Nippon Kempo se hunden profundamente en la tradición marcial japonesa; el recorrido histórico-filosófico nos reveló que este arte marcial moderno es heredero del kumiuchi feudal, con su repertorio de agarres y proyecciones forjado en armaduras y su enseñanza de coraje sereno ante la adversidad, y del sumai antiguo, con su combinación de golpes y llaves brutales en un contexto ritualizado que dio lugar al sumo y transmitió valores espirituales de purificación, perseverancia y honor. Estas influencias viven en la esencia del Nippon Kempo contemporáneo: cada vez que un kempōka (no kempoista) ejecuta un derribo o una luxación está recreando en microescala los movimientos de los guerreros medievales; cada vez que saluda al comenzar un combate o controla su respiración para vencer el miedo, está resonando con enseñanzas de siglos de antigüedad.


El Nippon Kempo se presenta, así, como una síntesis única de tradición y modernidad. En su evolución logró lo que Sawayama se propuso: “buscar y resucitar la técnica del combate real” dentro de un marco seguro, sin diluir el espíritu marcial genuino. El empleo del equipo protector (bogu) permitió reincorporar en la práctica diaria lo que antes solo era posible en situaciones de vida o muerte, cerrando de cierta forma la brecha entre el entrenamiento y la realidad; esto ha hecho que algunos autores caractericen al Nippon Kempo como un estilo “realista”, casi una forma de “MMA con armadura”, pero nuestra investigación demuestra que es mucho más que un método de combate efectivo: es un camino (dō) con profundas raíces éticas y contemplativas; “despojarlo de esas raíces equivaldría a vaciarlo de su identidad y espíritu”.


En las reflexiones críticas cabe reiterar la importancia de que los instructores y practicantes actuales conozcan y valoren este trasfondo histórico-espiritual. El riesgo de cualquier disciplina tradicional al institucionalizarse es caer en la rutina vacía o en la idolatría de la forma por encima del fondo; si un instructor “enseña” Nippon Kempo repitiendo mecánicamente combinaciones y frases sin comprender su porqué – sin conectar los golpes que enseña con la lógica del kumiuchi o con la necesidad estratégica que originalmente tuvieron, sin conectar la reverencia del saludo con la humildad espiritual que debe encarnar –, entonces estará formando alumnos técnicamente competentes quizá, pero no verdaderos budokas; por el contrario, un instructor que fundamenta sus lecciones recordando, por ejemplo, que “un puñetazo directo al estómago con kiai era llamado tsuki y se usaba para intentar atravesar la armadura en las junturas”, o que “la postura baja y estable proviene del entrenamiento de sumo para no ser derribado fácilmente”, les da a sus estudiantes una apreciación más rica de cada técnica y una conexión tangible con el legado marcial. Igualmente, al explicar los conceptos de zanshin (atención residual tras el combate), mushin (mente vacía), fudōshin (espíritu inmovible) y otros valores, el instructor vincula la práctica física con el desarrollo interior.


Concluiré enfatizando que el Nippon Kempo, en su dimensión ideal, es una disciplina integradora, es al mismo tiempo un deporte de contacto completo exigente, un arte de defensa personal versátil y un camino de desarrollo integral, su riqueza proviene de haber sabido nutrirse de múltiples fuentes – la marcialidad pragmática de los samuráis, la sabiduría moral zen-confuciana, la metodología moderna de entrenamiento – sin perder coherencia; representa, en cierto modo, un puente entre épocas: un practicante actual puede, a través del Nippon Kempo, experimentar destellos de la vivencia de un guerrero antiguo y las enseñanzas de un monje zen, al tiempo que se forma como individuo útil en la sociedad presente. Esta continuidad histórica-espiritual es su legado más valioso, por ello, se exhorta a la comunidad de Nippon Kempo a honrar ese legado con estudio serio, con mente abierta y con humildad. Como dice un proverbio japonés, “Keizoku wa chikara nari” – “la constancia es poder” –; que la constancia en mantener vivas las raíces técnicas y espirituales sea la fuerza que guíe al Nippon Kempo en las generaciones venideras, solo así se asegurará que este arte marcial siga siendo, en esencia, un camino vivo de superación humana, tal como lo concibió su fundador inspirado por las lecciones del pasado.


Referencias

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  • Zoughari, K. (2010). “The Origin of Jūjutsu”. Seishin Nippo Dojo (blog), 29/03/2010. Referencias sobre sumai no sechi y términos antiguosseishinninpodojo.wordpress.comseishinninpodojo.wordpress.com.

 

 
 
 

1 comentario


Miy buen artículo… yo tuve el honor d q mi primer maestro en las artes marciales fuera el gran Tsunanori Sakakura quién promovió bastante el Nippon Kempo en México, entre otros espacios, en varios programas d tv d los 90’s. descanse en paz maestro.

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